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Foco

Crónica desde Veraguas

Por Daniel Lopera de la Torre · 15 de julio de 2022

Apenas estalló la situación en Veraguas, donde la Policía intentó abrir la carretera interamericana por la fuerza, tomamos la decisión de agarrar carretera, sin saber si podríamos llegar debido a los cierres.

Nuestro primer cierre fue en Penonomé, donde una asociación de transportistas tenía habilitado solo un carril, sin embargo, el paso era libre, mientras los manifestantes disfrutaban con música y comida a un lado de la carretera.

Luego llegamos a Natá. Cierre total frente a CALESA, la empresa de distribución de bienes. Un hombre con una bandera roja y el logo de su sindicato servía como primer punto de chequeo, nos anunciamos y mostramos nuestras credenciales. El hombre con cara de seriedad asintió e hizo señas a otros más adelante, que nos dijeron que nos acercáramos. Luego de unos minutos de convencimiento, Mauricio logró que nos dieran paso, aunque según ellos “rápido para que los otros no te digan nada”, sin ninguna explicación de quiénes eran esos “otros”. Segundo bloqueo sobrepasado, estábamos a 1 hora de carretera hasta Santiago.

Mientras monitoreábamos la situación en Santiago, vimos que, en Atalaya, 10 minutos antes de llegar a Santiago había otro cierre y presencia de los antimotines, sabíamos que allí la situación podía ser más delicada y quizá no podríamos llegar a Santiago.

Apenas nos acercamos a La Mata de Veraguas, unos 10 minutos luego de Divisa, una fila de camiones de al menos un kilómetro denotaba la severidad de la situación. Nos fuimos haciendo paso entre las mulas, por el hombro hasta que llegamos al principio de la fila. La escena evocaba caos. Llantas encendidas, gritos, risas, un olor a caucho quemado y sombras a la distancia.

Mauricio se acercó a pie mientras lentamente fuimos acercando el carro para no parecer amenazantes. Cuando llegamos al punto del cierre, la zona parecía directo de una película sobre África oriental. Alrededor de 100 jóvenes, todos hombres, con la cara tapada y sin camisa, con palos y piedras en las manos circulando los lugares donde había fuego. A los alrededores, jóvenes en motos y four wheels que servían como enlace con los camioneros que estaban más adelante en la vía, quizá para anunciar la llegada de la policía. En el piso, botellas de vidrio, pallets, zinc, llantas y cualquier cosa que sirviera para cerrar la vía en un espacio de unos 50 metros en la carretera interamericana.

Reconocieron a Foco y se alegraron de que estuviéramos allí, lo que hizo fácil la negociación. “Vamos para Santiago” dijimos nosotros, “¿Para qué sí aquí también nos están reprimiendo?”, fue su respuesta. Procedieron a contarnos que los anti motines habían intentado en 3 ocasiones despejar la vía y correrlos pueblo adentro, sin embargo “Les sacamos la chucha”, dijo uno mientras mostraba su trofeo de guerra: Un escudo de la policía anti disturbios.

Pasado ese bloqueo, la carretera hacia Santiago estaba llena de humo de las quemas en diferentes puntos, lo que nos hacía entender que más adelante, antes de llegar a Santiago había más bloqueos. Efectivamente, al llegar a Atalaya nos encontramos con otro grupo de jóvenes, más pequeño que el de La Mata, pero igual de aguerrido. Luego de conversar con ellos, tuvimos que pagar peaje: Una foto de todos los que estaban cerrando, con la cara tapada por supuesto, en señal desafiante a las autoridades.

Luego de tres horas por fin llegamos a Santiago de Veraguas. Pasamos por la sede de la Policía Nacional, donde un grupo de personas se encontraban afuera en modo de vigilia: familiares y abogados de las personas que fueron detenidas durante los disturbios.

La ciudad se encontraba desolada, solo un par de taxis transitaban por la carretera Interamericana, haciendo carreras cortas usando vías internas para tratar de hacer su trabajo. Al llegar al puente de Canto del Llano, el epicentro de las protestas, la tensión era evidente. Un centenar de personas armaban barricadas bajo el puente. El carro de policía que habían tomado, se erigía en llamas como trofeo de guerra justo en el medio. A su lado unas tejas de zinc actuaban como barricada, con un mensaje grabado en aerosol a modo de grafiti que decía simplemente: pal pueblo.

Ya eran cerca de las dos y media de la mañana, y mientras los manifestantes estaban a la expectativa, había varias decenas de personas alrededor del puente, personas del pueblo, cuya presencia era un enigma. Como Claudia, una señora de 45 años que se encontraba sentada en la acera frente al KFC, a unos 100 metros del puente. Cuando le pregunté por su presencia, me dijo que estaba apoyando “Si nosotros nos vamos y dejamos a los muchachos solos, los van a acorralar muy feo… ellos están esperando que nosotros nos vayamos así que no nos vamos a ir”. La teoría de claudia sobre los anti motines parecía ser el consenso entre quienes estaban allí. Todos pegados de sus grupos de whatsapp donde se compartía todo tipo de información, pendientes de cualquier mensaje que anunciara lo que iba a suceder. Pero nada sucedió.

Volvimos al puente a las seis de la mañana. El centenar de personas se había reducido a unos escasos 20. Algunos dormidos, otros ebrios todavía de la noche anterior y algunos, increíblemente todavía en pie de guerra.

Al ver la falta de movimiento, decidimos dar una vuelta por Atalaya, donde la noche anterior habíamos tenido que pagar el peaje de la foto. La vía se mantenía cerrada, sin embargo, el número de manifestantes también se había reducido sustancialmente. Parece que Santiago había retornado a su estado natural: un pueblo tranquilo donde no pasa mucho.

Al llegar la noche, los ánimos se volvieron a crispar por la aparición de un elemento nuevo: La famosa caravana humanitaria. Los manifestantes del puente recibieron noticia de que los camiones habían logrado pasar los bloqueos en Chiriquí, sin embargo, los dirigentes del puente de Santiago no estaban en posición de negociar. Un miembro del SUNTRACS llegó de avanzada, tratando de convencerlos de dejar pasar los camiones. Luego de una infructuosa negociación, se tuvo que retirar con el rabo entre las piernas y un par de gritos de “vendido” mientras se alejaba.

Empezó entonces la especulación de la caravana entre quienes estaban en el puente. Cada persona había escuchado algo diferente, de una fuente cada una más cercana y fidedigna que la otra. “Mi primo es productor y me dice que no pudieron pasar de Horconcitos”, “Una amiga que está en San Félix me contó que los devolvieron por allá”, “Mi cuñado vio cómo prendieron una mula en el salado”. La realidad es que la información era a cuenta gotas. Lo único que pudimos confirmar es que habían llegado a Ojo de Agua, a unos 30 minutos de Santiago, unas mulas pero no todas, y que habían dividido el convoy entre algunas que seguían el camino de la interamericana y otras que trataron de “chifear” el cierre por vías internas.

Publicado originalmente en Foco Panamá (crónica; publicación no confirmada), 15 de julio de 2022.

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