El pecado original del Canal
Si usted le pregunta a cualquier panameño cuál es la institución pública que mejor funciona en el país, la respuesta casi siempre será la misma: el Canal. Es público, tiene prestigio, cumple con lo que promete y le entrega al Tesoro miles de millones de dólares cada año. Lo que discutimos mucho menos es por qué funciona, y la respuesta, si somos honestos, no es del todo cómoda.
La herencia
La primera razón es histórica. El Canal conserva parte de la cultura institucional que dejó la administración estadounidense. Durante décadas, miles de panameños trabajaron en la Comisión del Canal de Panamá cuando todavía estaban los norteamericanos, y aprendieron una forma de hacer las cosas: procedimientos claros, reglas de compras que se respetan, respeto por el proceso. Esa cultura se logró mantener después de la transferencia.
Pero sería injusto darle todo el crédito a esa herencia. Ya son dos, casi tres generaciones de trabajadores panameños las que han sostenido el Canal con un trabajo excelente, y que una entidad pública panameña mantenga ese nivel durante tanto tiempo es algo para admirar.
El muro
La segunda razón es la que casi no decimos en voz alta: el Canal funciona, en buena parte, porque está protegido de la política.
A principios de los años noventa, recién salidos de la dictadura y con la transferencia a la vista, el país incorporó a la Constitución un título completo dedicado al Canal. Ahí se creó la Autoridad del Canal como una entidad autónoma, con patrimonio propio, dirigida por una junta de once miembros con períodos de nueve años. Su presupuesto no forma parte del Presupuesto General del Estado, y la Asamblea puede aprobarlo o rechazarlo, pero no modificarlo. Los directores tampoco los escoge el pueblo: nueve los designa el presidente con su Gabinete y los ratifica la Asamblea, uno lo nombra la Asamblea y la junta la preside un ministro.
Fue una decisión deliberada y, en su momento, muy sensata. La política panameña no generaba confianza, y estaba en juego el activo más importante del país. Así que hicimos lo lógico: lo protegimos de nosotros mismos. Le pusimos un muro alrededor para que la política no lo alcanzara. Y funcionó.
El filósofo y politólogo noruego Jon Elster estudió este tipo de decisiones en Ulises y las sirenas, de 1979. Ulises sabía que al pasar frente a las sirenas no iba a poder resistir su canto, así que pidió que lo ataran al mástil antes de llegar. Las constituciones, decía Elster, a menudo cumplen esa función: son la manera en que un pueblo se amarra las manos en un momento de lucidez para no ceder después a sus propias tentaciones. El título constitucional del Canal es nuestro mástil. Pero atarse tiene un costo, porque quien se amarra renuncia a decidir, y una cuerda que nunca se afloja termina convirtiéndose en una desconfianza permanente.
El pecado original
El problema está en lo que ese muro dice de nosotros. Los panameños estamos representados por los diputados, y los diputados casi no pueden tocar el Canal. Lo administra una junta técnica, con un componente político, que hemos procurado integrar con gente proba, y muchas veces lo hemos logrado. Pero esa junta no representa a los ciudadanos de la misma manera que lo hace un órgano electo. Ojo, porque no es un detalle menor: el principal activo económico y político del país no está, en sentido estricto, en manos de la democracia.
Ese es, a mi juicio, el pecado original de nuestra democracia. El Canal es panameño, de eso no hay duda. Pero no se lo hemos confiado a la democracia panameña, y no lo hemos hecho porque no confiamos en ella. Y me incluyo, porque yo mismo dudaría antes de entregarle hoy el Canal a la Asamblea que tenemos.
El huevo y la gallina
Ahí está el dilema, y no tiene una respuesta limpia. Por un lado, ¿cómo vamos a aprender a administrar nuestro principal activo en democracia si nunca le damos esa oportunidad a la democracia? Por el otro, ¿cómo entregamos las llaves del Canal a una Asamblea que todavía no ha demostrado que sabe manejar los fondos públicos, después de las partidas circuitales, las donaciones y la descentralización paralela?
Mientras no le confiemos el Canal a la democracia, la democracia no va a aprender a manejarlo, y mientras no aprenda, no se lo vamos a confiar.
Romper el círculo
La salida no es derribar el muro de un día para otro, sino ganarse el derecho a abrirle una puerta. Si la Asamblea quiere algún día tener más voz sobre el Canal, tiene que empezar por demostrar que puede administrar con transparencia lo que ya maneja: su propio presupuesto, sus planillas, sus contrataciones. Y los ciudadanos tenemos que exigirle precisamente eso, porque cada mejora en la forma en que se gobierna la Asamblea acerca el día en que la democracia panameña pueda mirar al Canal y decir, con razón, que también está lista para cuidarlo. El Canal nos demostró que los panameños sabemos construir instituciones que funcionan. La tarea pendiente es construir una democracia que esté a su altura.
Daniel Lopera, fundador de Bisagra.
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