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Visión de país

Vacunas y planillas

Por Daniel Lopera de la Torre · 5 de noviembre de 2026

Nací en Medellín y he hecho mi vida en Panamá. Por eso hay algo que veo aquí con más claridad que muchos panameños, porque nunca les ha faltado: la tranquilidad de andar por la vida sin preguntarse en qué anda metida la persona que tienen al lado.

Vivir sin saber

En Medellín el problema nunca fue solo la violencia. El problema es que las redes del narcotráfico se entrelazaron con toda la sociedad, de modo que el vecino, el socio o quien le arregla el carro pueden tener una vida paralela que usted desconoce. Eso genera una incertidumbre permanente, en la que uno no termina de sentirse seguro con nadie.

Los homicidios en Medellín bajaron de forma impresionante, y la ciudad que llegó a ser la más violenta del mundo tiene hoy una de las tasas más bajas de Colombia. Pero las redes no desaparecieron; se volvieron administración. Un estudio de la Universidad Eafit y la Universidad de Chicago estimó que unos ciento cincuenta mil hogares y negocios pagan cada semana una cuota, conocida como vacuna, a los grupos criminales de sus barrios, y que en el comercio lo hace uno de cada tres. Si usted tiene un negocio, paga por seguridad, y esa seguridad alimenta a las mismas redes de las que supuestamente lo protege. La ciudad tiene sus redes políticas, como cualquiera, pero las del narcotráfico son más perversas porque la sociedad termina dependiendo de ellas.

El sociólogo italiano Diego Gambetta, que estudió la mafia siciliana, la definió como una industria que vende protección. Su tesis es que estas organizaciones prosperan donde la confianza es escasa y el Estado no garantiza que los acuerdos se cumplan: si nadie más le asegura que su negocio va a estar a salvo, alguien le venderá esa seguridad. Por eso la vacuna no es solo un abuso; es la señal de un vacío que otro está llenando.

Por qué Panamá todavía está lejos

Panamá tiene pandillas y tiene extorsión, sobre todo en Colón y en algunos barrios de la capital, y los homicidios en algunas provincias han subido a niveles que deberían preocuparnos. Pero el narcotráfico no está amarrado a la vida diaria de la sociedad como lo está allá. Creo que hay dos razones. La primera es que el panameño nunca ha vivido algo así y todavía le tiene miedo. La segunda es que aquí ha habido trabajo y oportunidades, y la mayoría no ha necesitado buscarlas en esas redes.

Ojo, porque eso no significa que no tengamos redes. Significa que tenemos otras.

La otra escalera

Un joven de Medellín sin oportunidades puede terminar en un combo. Un joven panameño sin oportunidades suele descubrir otro camino: salir a caminar con el diputado de su circuito.

Y la estructura se parece más de lo que nos gustaría admitir. Se entra desde abajo, haciendo mandados: pegar propaganda, llenar el bus para el mitin, cuidar la mesa el día de la elección. Con el tiempo llega un nombramiento, y en muchos casos una parte del salario se le devuelve al jefe durante un tiempo, hasta que uno mismo consigue a alguien que le devuelva una parte a uno. Así se sube de rango, en una red con sus reglas, sus lealtades y sus castigos.

Y así como en Colombia o en México las redes criminales tienen su obra social, sus comedores y su gente a la que ayudan, en Panamá las redes políticas tienen la suya. Cuando alguien tiene un problema económico, acude al diputado. Cuando tiene que enterrar a un familiar, acude al diputado. Cuando no puede pagar la luz, acude al diputado. El diputado absorbe las necesidades que el Estado deja sin atender, y quien llena ese vacío gana una lealtad que vale votos.

El costo que no se ve

La diferencia con Medellín es que esta red no se paga con muertos, sino con fondos públicos. Y aunque no aparezca en la crónica roja, tiene un costo real: la escuela que no se construyó, el centro de salud sin medicinas, la calle que lleva años rota. Son cosas que se dejan de hacer porque el dinero se destinó a sostener la red.

Lo que tenemos que cuidar

Panamá todavía tiene algo que Medellín tuvo que reconstruir a un costo enorme: la posibilidad de confiar en quien uno tiene al lado. Cuidarlo no depende de un operativo policial, sino de que el Estado llene los vacíos que hoy llenan otros. Si los jóvenes encuentran trabajo y oportunidades sin tener que pedírselas a nadie, si la ayuda social llega por canales institucionales y no por favores, y si el empleo público deja de ser el premio de una lealtad, la escalera del diputado pierde fuerza, y con ella el riesgo de que algún día otro tipo de red, que pague mejor, ocupe su lugar. Estamos a tiempo, y eso, en sí mismo, es una buena noticia.

Daniel Lopera, fundador de Bisagra.

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