La aldea
En Panamá todo se resuelve después. La ley sale mal y se arregla en la reglamentación; el trámite se traba y se arregla con una llamada; el problema del barrio se resuelve con el primo que trabaja en el ministerio. Más adelante, y con palanca.
Solemos explicarlo como un defecto moral, como si los panameños fuéramos especialmente propensos a la corrupción. No creo que sea así. Creo que somos una sociedad muy transaccional, que se organiza alrededor de círculos pequeños de confianza, y eso, más que un rasgo panameño, es un rasgo humano.
Un cerebro hecho para la aldea
En los años noventa, el antropólogo británico Robin Dunbar propuso que el cerebro humano puede sostener alrededor de ciento cincuenta relaciones estables. El número exacto se discute, y hay estudios que lo mueven entre cien y doscientos cincuenta, pero la idea de fondo se sostiene: estamos hechos para manejar una aldea en la cabeza, un grupo de personas a las que conocemos, en las que confiamos y por las que respondemos. Más allá de esa aldea, el otro es un extraño, y al extraño no le confiamos ni lo cuidamos con la misma naturalidad.
Ahora piensen en lo que el Estado moderno le pide a la gente. Al ciudadano le pide que confíe en personas que no forman parte de su círculo, un ministro que nunca ha visto o un funcionario que no lo conoce. Y al funcionario le pide que cuide a personas que tampoco forman parte de su círculo, que ponga el interés de un desconocido por encima del de los suyos. Visto así, el Estado le pide al cerebro de aldea algo para lo que no fue diseñado.
Leyes abultadas, atajos abiertos
En Panamá esa tensión tiene un agravante. Nuestro marco legal siempre ha sido muy abultado en el papel, con normas para casi todo, y al mismo tiempo siempre hemos encontrado el atajo para cada norma. De ahí nacen las redes de nepotismo y de amiguismo. Desde adentro, quien las construye no siente que está robando, sino que está cumpliendo con los suyos: le consigue el puesto al sobrino, le agiliza el trámite al compadre, le facilita el contrato al amigo. En la lógica de la aldea eso es lealtad; en la lógica del Estado es corrupción. Y cuando las dos lógicas chocan, en Panamá casi siempre gana la aldea. Y me incluyo, porque todos, en algún momento, hemos resuelto algo con una llamada.
El politólogo estadounidense Edward Banfield le puso nombre a esto en 1958, después de pasar una temporada en un pueblo del sur de Italia. Lo llamó familismo amoral: una sociedad donde cada quien busca el bienestar inmediato de su familia y supone que todos los demás hacen lo mismo, de modo que nadie colabora por el bien común si no ve un beneficio directo para los suyos. Banfield no describía a gente mala, sino a gente racional en un entorno donde confiar en extraños no paga.
Una salida a favor de cómo somos
Creo que hay salida, y que pasa por trabajar a favor de cómo funcionamos y no en contra. Si la confianza es pequeña, el Estado también tiene que acercarse donde se pueda: descentralizar. Darle más recursos a las provincias, a los municipios y a los corregimientos, para que los ciudadanos administren fondos a una escala donde todos se conocen y las redes de confianza ya existen. Que quien maneja el fondo del corregimiento sea alguien a quien sus vecinos le pueden tocar la puerta. Los grandes planes nacionales se quedan donde están, pero la confianza entre ciudadanos se construye de cerca.
Elinor Ostrom, la primera mujer en recibir el Nobel de Economía, en 2009, dedicó su carrera a demostrar algo parecido. Estudió comunidades de pescadores, regantes y pastores en distintos países y encontró que muchas administraban recursos compartidos mejor que el Estado central o el mercado, siempre que quienes usaban el recurso participaran en hacer las reglas, pudieran vigilarse entre sí y tuvieran formas de sancionar a quien abusaba. La escala pequeña no era un obstáculo; era la condición.
Panamá ya dio un primer paso con la ley de descentralización de 2009, reformada en 2015, que empezó a transferirle a los municipios el impuesto de inmueble, unos ciento cuarenta y cinco millones de dólares solo en su primer año, y un fondo de inversión para cada junta comunal. Es un comienzo, aunque todavía es poco.
La trampa que hay que evitar
Ojo, porque cualquiera que conozca nuestra historia reciente va a pensar lo mismo: Panamá ya probó mandar dinero a las juntas comunales, dos veces, y las dos veces salió mal.
Entre 2009 y 2014, los diputados manejaron más de cuatrocientos millones de dólares en partidas circuitales a través de las juntas comunales. Ese dinero se estacionaba en la junta comunal, pero la decisión de en qué gastarlo seguía en manos del diputado. Y entre 2019 y 2024 ocurrió algo parecido con otro nombre, la llamada descentralización paralela: según las investigaciones de La Prensa, la Autoridad Nacional de Descentralización repartió más de doscientos millones de dólares a cientos de juntas comunales fuera del procedimiento que establece la ley. En el papel, esos fondos debían llegar a las comunidades para que ellas decidieran, a través de presupuestos participativos y juntas de desarrollo local, en qué invertirlos. En la práctica, terminaron alimentando las mismas redes clientelistas de siempre, y la Contraloría ya habla de un posible daño de decenas de millones solo en la primera revisión.
Lo más doloroso es que en ambos casos se usó el lenguaje de la descentralización para hacer exactamente lo contrario. La comunidad nunca decidió nada.
Por eso la diferencia está en quién decide. Descentralizar de verdad significa que la decisión y el dinero estén en el mismo lugar, a la vista de los vecinos, con presupuestos participativos que se cumplan en lugar de simularse, y sin que un diputado tenga la llave. Descentralizar la caja sin descentralizar la decisión es solo cambiar de palanca.
Poner la aldea a trabajar
Esto no es un tema del pasado. El gobierno actual prevé canalizar más de setecientos cincuenta millones de dólares a través de la Autoridad de Descentralización entre 2025 y 2029. Tenemos la oportunidad de que esta vez el dinero baje por una tubería distinta, con reglas claras y con vecinos que vigilen. La aldea no se va a ir; forma parte de lo que somos. Lo que sí podemos hacer es dejar de pelear contra ella y ponerla a trabajar a favor del país.
Daniel Lopera, fundador de Bisagra.
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