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Asamblea y partidos

Ni chicha ni limonada

Por Daniel Lopera de la Torre · 5 de noviembre de 2026

En 2019 llegaron a la Asamblea Nacional cinco diputados por libre postulación. Era la primera bancada independiente de la historia del país, y yo, que entonces dirigía MOVIN, viví de cerca ese momento. Llegaron con un documento firmado en el que renunciaban a la franquicia postal y telefónica, a importar autos sin impuestos y a cualquier bono o partida, como una declaración de que iban a hacer las cosas de otra manera.

Siete años después ya se puede hacer un balance, y el balance dice algo que vale la pena entender: cinco personas que entraron por la misma puerta terminaron saliendo por cuatro puertas distintas.

Un antecedente que olvidamos

La libre postulación para diputado no empezó en 2019. En 2009 fueron electos los dos primeros independientes, y al poco tiempo ya formaban parte de la bancada oficialista. Era la época del transfuguismo, y el sistema no tuvo que esforzarse demasiado. Ese es el camino más viejo de todos: llegar como independiente y terminar absorbido.

Cinco diputados, cuatro caminos

De los cinco de 2019, a uno lo absorbió el sistema por completo, y más nunca se volvió a saber de él.

Otro decidió legislar. Presentó una veintena de proyectos y varios se convirtieron en ley, entre ellos la ley de teletrabajo, que se sancionó en febrero de 2020, apenas semanas antes de que la pandemia la volviera indispensable. Para lograrlo tuvo que negociar con las demás bancadas, y eso tuvo un costo: para buena parte de quienes votaron por un independiente, negociar se parecía demasiado a lo que hacían los partidos. Pasó leyes útiles y pagó el precio en imagen.

Un tercero se mantuvo fiel a sus banderas durante todo el período, con una agenda ambientalista y conservadora en los temas de familia. Nadie puede reprocharle incoherencia, pero más allá de esas banderas su huella legislativa fue corta.

Y los dos restantes hicieron otra cosa: cumplieron su promesa de no reelegirse y se dedicaron a construir afuera, hasta convertir ese esfuerzo en Vamos, la coalición que en 2024 llevó a la Asamblea la bancada independiente más grande que ha tenido el país.

2024: más independientes, el mismo dilema

En 2024 llegaron veinte diputados independientes, la primera minoría de la Asamblea, y se habló de un cambio de época. Dos años después, la bancada tiene quince, los mismos que Realizando Metas. Mientras tanto, la reforma electoral sube el número de firmas necesarias para postularse por la libre y le pega directamente al mecanismo que los llevó hasta ahí, al punto de empujar a Vamos a convertirse en partido.

Desde afuera parece que el sistema no los ha dejado hacer nada. Puede ser que no quieran, o puede ser que no los dejen. Pero creo que el problema empieza antes.

El problema empieza antes

Los independientes llegan sin conocer cómo funciona la Asamblea por dentro, y llegan, sobre todo, sin haber escogido una vía. Ojo, porque hay dos vías posibles y las dos son legítimas.

La primera es ser movimiento: usar la curul como una tribuna para despertar a más ciudadanos y empujar un cambio de fondo en la sociedad. Esa vía vive de la coherencia y de la visibilidad, y casi no produce leyes, porque negociar le resta autoridad moral. Eso no es un defecto, porque su tarea es otra.

La segunda es ser negociador: aceptar las reglas del juego para arrancarle al sistema mejoras pequeñas que le cambian un poco la vida a la gente. Esa vía vive de los resultados, y casi nunca recibe reconocimiento, porque quien negocia se ensucia las manos y nadie sale a celebrar una ley de teletrabajo.

Max Weber describió esta tensión hace más de un siglo, en su conferencia La política como vocación, de 1919. Distinguía entre la ética de la convicción, la de quien actúa según sus principios sin importar las consecuencias, y la ética de la responsabilidad, la de quien responde por los resultados de sus actos aunque eso lo obligue a transar. Weber no creía que una fuera superior a la otra; creía que el político maduro es el que conoce el peso de ambas y sabe cuál le corresponde en cada momento. Lo que no funciona es pretender las dos sin asumir el costo de ninguna.

El que no escoge intenta las dos al mismo tiempo. Quiere el aplauso del movimiento y los resultados del negociador, y termina sin el aplauso, porque negoció, y sin los resultados, porque no negoció lo suficiente. Ni chicha ni limonada.

Escoger a tiempo

No creo que una vía sea mejor que la otra; el país necesita las dos. Lo que no necesita es más diputados que pasen cinco años sin decidir cuál de las dos están jugando, mientras quienes sí conocen la Asamblea por dentro deciden por ellos. Y aquí la responsabilidad no es solo de los candidatos. Los ciudadanos que los apoyamos, y me incluyo, también tenemos que preguntarles antes de votar cuál de las dos vías van a tomar, y respaldarlos cuando la tomen, aunque eso signifique aceptar que el negociador negocie o que el movimiento no pase leyes. Si la próxima generación de independientes llega con esa respuesta clara, y con ciudadanos dispuestos a entenderla, la historia puede ser muy distinta.

Daniel Lopera, fundador de Bisagra.

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