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Periodismo y medios

Quién llama cuando publicas

Por Daniel Lopera de la Torre · 5 de noviembre de 2026

En el año 2021, el alcalde de un distrito del interior manejó varias horas hasta la ciudad de Panamá y se presentó sin avisar en la oficina de Foco Panamá, el medio de investigación que dirigí durante siete años. Alguien le había dicho que estábamos por publicar una investigación sobre él. No era cierto: alguien estaba usando el nombre de Foco para extorsionarlo, y a nosotros nos tocó explicarle que esa llamada no había salido de nuestra oficina.

No fue la única vez. Con el tiempo se volvió frecuente que funcionarios y empresarios nos llamaran para preguntar por notas que no existían, porque alguien se había hecho pasar por nosotros para pedirles dinero. Ojo con lo que eso significa: si alguien puede extorsionar usando el nombre de un medio, es porque en Panamá que algo se publique, o que no se publique, tiene un precio, y ese precio lo conoce mucha gente.

Durante esos siete años aprendí que una de las mejores maneras de entender quién tiene poder en este país es fijarse en quién llama cuando uno publica algo que incomoda, y en qué es lo que pide cuando llama.

Los políticos llamaban siempre. Algunos para explicar su versión, otros para negociar con información, ofreciendo un dato a cambio de que la próxima nota tuviera otro enfoque. Los funcionarios llamaban constantemente, pero casi siempre para denunciar, porque dentro de las instituciones hay mucha gente que sabe lo que pasa y no encuentra otro lugar dónde contarlo. Los empresarios llamaban con frecuencia, algunos para denunciar negocios turbios y otros para averiguar quién estaba detrás de una licitación que les estaba saliendo mal. Y otros medios llamaban para pedir crédito o para reclamar como suya una investigación.

Pero había otro grupo, el que llamaba para pedir que se bajara una nota. Eran funcionarios y empresarios, sobre todo empresarios, que ofrecían dinero o favores, y que cuando no llamaban ellos mismos enviaban a un intermediario: un abogado, un político, un conocido en común, muchas veces con amenazas y casi siempre con la palabra demanda de por medio. Mi respuesta siempre fue la misma: sostenemos la investigación, y usted tiene todo el derecho a enviar su réplica.

¿Qué nos dice esto sobre el poder en Panamá? Creo que la diferencia está en los incentivos de cada uno. El político vive de la exposición pública; la crítica es parte de su oficio, y por eso, cuando se le publica algo, se molesta, llama, negocia, y al día siguiente sigue con lo suyo. El empresario, en cambio, vive en buena medida de que ciertas cosas no se sepan, porque para él la exposición no es parte del juego sino un costo que afecta su negocio, sus contratos y su reputación. Por eso tolera mucho menos la crítica pública, y por eso, en lugar de negociar con información, ofrece dinero para que la información desaparezca.

Los panameños, y me incluyo, solemos ver al político como el poderoso, porque es el que sale en la foto y el que pide el voto. Pero el poder que más le teme a la luz en nuestro país es el económico, y es también el que tiene los medios para intentar apagarla, sea con dinero, con favores o con demandas que no buscan ganar en un tribunal sino desgastar a quien publica.

Eso explica en parte por qué el periodismo de investigación es tan difícil de sostener en Panamá. No es solo que pocos lectores paguen por él; es que el dinero fácil siempre está del otro lado del teléfono, y cada medio que decide no tomarlo carga con un costo que nadie ve.

La buena noticia es que esto se puede cambiar, y no depende solo de los periodistas. Depende de que los lectores entiendan que suscribirse a un medio independiente es pagar por un contrapeso que también los protege a ellos. Depende de que las empresas entiendan que una réplica bien hecha les sirve más que una llamada para bajar una nota. Y depende de que el Estado ponga reglas claras contra las demandas que solo buscan intimidar. Un país donde publicar no tenga precio es un país donde el poder, el político y el económico, rinde cuentas. Vale la pena construirlo.

Daniel Lopera, fundador de Bisagra.

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